LAS SOCIOLOGÍAS Y LA LIBERACIÓN VASCA


      2.----------------- LA PRIMERA FASE Y LA PRIMERA CRISIS

      Aunque algunos autores retroceden hasta la Grecia clásica para rastrear allí los albores de la sociología, o más estrictamente, del estudio para el conocimiento de la sociedad, en realidad la datación más antigua de la palabra "sociología" es de 1824, en una carta de Comte a un amigo suyo, aunque su uso se sistematiza sólo desde 1839. Hasta entonces e incluso durante un tiempo después, no era infrecuente usar el término de "física social", que reflejaba, por un lado, la dependencia de fondo hacia el mecanicismo establecido por los avances científicos del siglo XVII, y por otro lado y unido a lo anterior, la concepción sociopolítica jerárquica, cerrada y ordenancista del matematicismo, sobre todo el de W.Petty entre los siglos XVII-XVIII y su "matemática política", y el de Condorcet (1743-1794) y su "matemática social". Los efectos ideológicos que ambas visiones causan sobre las prácticas sociológicas son innegables, apareciendo muy frecuentemente con diversas envolturas pero siempre en defensa abierta o encubierta del poder establecido.

      De cualquier modo, incluso aún retrocediendo hasta Aristóteles, tenido como un protosociólogo, comprobamos la permanente virulencia de la pugna entre poderes e intereses opuestos en lo relacionado con la producción del conocimiento de lo social, que en el caso del estagirita llega a condicionar dramáticamente su vida personal al ser rechazado por los demócratas atenienses por su colaboracionismo con el ocupante macedonio. Si analizamos esta época desde una perspectiva más general, vemos cómo la contrarrevolución idealista de Sócrates y Platón, y el conservadurismo de Aristóteles, crean el pensamiento reaccionario que justificó la destrucción del saber jónico. Y si avanzamos algo más en el tiempo hasta llegar a la explosión filosófica y científica musulmana, vemos cómo el agotamiento socioeconómico creó las bases para el rechazo del pensamiento crítico e investigador, volviéndose claramente reaccionario de modo que ya el más grande pensador de todos ellos, Avicena, tuvo problemas en el primer tercio del siglo XI, y el no menos grande Averroes los tuvo en el XII. Pero el caso de Ibn Khaldun en el siglo XIV es el más ilustrativo, porque este autor adelanta ideas que hoy mismo pueden reivindicarse desde el materialismo histórico y desde algunas corrientes sociológicas.

      Este breve repaso por algunas constantes del pensamiento protosociológico nos hace comprender fácilmente el gran impacto que causó la irrupción de las contradicciones capitalistas en los proyectos económicos, políticos, culturales, educativos, etc, existentes en la sociedad burguesa desde finales del siglo XVIII. Las pugnas entre demócratas y oligarcas en el caso griego, y artesano-comerciantes y terratenientes parasitarios en el caso musulmán, no cuestionaban pese a su virulencia sus intereses comunes en cuanto minorías ricas enfrentadas antagónicamente a mayorías pobres, a esclav@s, mujeres, extranjer@s, campesin@s... O sea, no estaba aún en cuestión la propiedad privada de los medios de producción y la apropiación por esa minoría del grueso del excedente colectivo producido por el trabajo social de esa mayoría. Ni Aristóteles ni Ibn Khaldun pensaron en destruir esos pilares tan hondos, aunque sí profundizaron en el estudio de la economía y, sobre todo el segundo, se acercaron mucho a la teoría del valor-trabajo; ni tampoco se les pasó por la imaginación denunciar la explotación de género, ni defender los derechos de l@s extranjer@s y trbajador@s en general. Sin embargo, desde finales del siglo XVIII se multiplica la crítica revolucionaria del monopolio por una minoría de la propiedad de los medios de producción, y de su supuesto derecho a quedarse con la mayor y mejor parte del excedente social.

      Significativamente, la sociología irrumpe cuando esa crítica avanza de ser una denuncia humanista, idealista y utópica a una crítica rigurosa y materialista con un programa de expropiación de los expropiadores, sean amos, nobles, terratenientes o capitalistas. El conocimiento de qué es la economía, de cómo funciona, de a quien beneficia, de qué efectos negativos tienen para las masas mayoritarias y positivos para las minorías ricas las diferentes políticas económicas, esta parte vital del conocimiento teórico de la sociedad humana en general y burguesa en concreto fue desarrollada durante el siglo XIX. La primera sociología burguesa se despreocupó de la economía y cuando los sociólogos posteriores no tuvieron más remedio que estudiar ese asunto decisivo, lo hicieron en su inmensa mayoría usando la teoría económica burguesa más militantemente antisocialista, antimarxista y antiobrea, la llamada teoría neoclásica, marginalista o del equilibrio general, que empezó a formarse en la misma época que la sociología y que comparte con ésta una sustantiva identidad ontológica, epistemológica, axiológica e ideológica. Más adelante, con la teoría reformista de Keynes, otros sociólogos tendrán la otra base no tan abiertamente antisocialista.

      Si en 1848 Marx escribe que el fantasma del comunismo recorre Europa, es porque para entonces estaba claro que la oposición al capitalismo disponía de una solidez teórica y práctica muy superior a la que existía en, por ejemplo, 1770 cuando ya los empresarios británicos debían escoger con cuidado los emplazamientos de sus industrias para evitar las zonas de radicalidad social y resistencia popular a la explotación asalariada. Desde entonces el miedo se va transformando en pánico de forma creciente conforme esas resistencias se multiplican y recurren a todos los métodos de lucha, pasivas, no violentas, huelgas, abstencionismo, sabotaje, manifestaciones, clandestinidad, lucha armada. Miedo de clase que ve cómo las masas insurrectas están a punto de desbordar los diques democrático-burgueses de la revolución francesa de 1789; cómo las luchas sociales se organizan y crecen dentro mismo de Gran Bretaña desde inicios del siglo XIX; cómo en el malestar se desencadena en 1830-34 en muchos lugares; cómo en Alemania la brutal sobreexplotación es contestada con luchas masivas a comienzos de la década de 1840... Durante estos decenios decisivos, la burguesía como clase internacional abandona definitivamente sus anteriores ideas e intereses progresistas y hasta revolucionarios, y pasa a defender soluciones represivas.

      La sociología se forma en la última parte de este período, cuando los datos sobre la extrema gravedad del peligro proletario son tan apabullantes que los anticuados paradigmas de la "física social" y "matemática política" no explican ya qué está pasando. En esa misma época sucede también que dentro del complejo universo de las ideas progresistas, el compuesto por el magma de los socialismos varios, se produce una diferenciación nítida entre dos grandes bloques como son, por un lado, el formado por el socialismo utópico que camina hacia su extinción y, por otro, el formado por el anarquismo y marxismo que todavía no se han separado mucho entre ellos. Es decir, a mediados del siglo XIX podemos dividir en tres grandes bloques teóricos el panorama intelectual: la sociología como expresión del miedo burgués, el socialismo utópico y el socialismo revolucionario. Ahora sólo estamos analizando el primero de ellos, y veremos cómo va entrando en sucesivas crisis de existencia cuando la realidad social que dice querer comprender desde una metodología científica, se le escapa del todo por su velocidad y complejidad.

      Es en este contexto cuando Comte (1798-1857), un reaccionario de pies a cabeza, afectado por las secuelas de una esquizofrenia cuando tenía 28 años de edad, funda la sociología en el Estado francés. Su teoría de los tres estadios evolutivos, -teológico, metafísico y positivo-, no era nada original y servía perfectamente al capital francés en un momento en el que tenía que recuperar su legitimidad interna y externa. Pero según aumentaban las luchas clasistas, de género, populares, etc, Comte exigía más represión militar y defendía la necesidad de que una casta de "nuevos sacerdotes" y "científicos sociales", los de la "religión positiva", que dirigiesen al pueblo inculto e ingobernable. Spencer (1820-1903) creó una sociología organicista, biologicista, según la cual terminaban imponiéndose los más aptos y preparados. La sociedad ascendía de una etapa militarista y guerrera, en la que mandaba la violencia, a otra económica en la que mandaba la industria. El imperialismo británico, más avanzado que el francés, encontró en Spencer el ideólogo por excelencia de su expansión "civilizadora". Situado entre Comte y Spencer, el conservador francés Le Play (1806-1882), consejero del dictador Napoleón III, perfeccionó los métodos monográficos para descubrir los problemas sociales y poder así aconsejar al Estado para prevenir el descontento popular y desactivar sus reivindicaciones sociales.

      Esta primera irrupción de la sociología burguesa entró en crisis cuando el capitalismo agotó su fase colonialista iniciando su fase imperialista. Hasta ese momento, las ideas de Comte, Le Play y Spencer, entre los más brillantes de la masa de estudiosos, reformadores y consejeros que pululaban en las organizaciones sociales, periódicos, universidades, iglesias, sindicatos y partidos reformistas, habían servido bien que mal para que sus respectivas burguesías dispusieran de propuestas y justificaciones. Aunque frecuentemente el poder no hacía demasiado caso o también se adelantaba a ellas, tomando medidas integradoras y desactivadoras de las tensiones con anterioridad a lo que después propondría la sociología, no por ello desatendía esos consejos sino que los utilizaba generalmente como recursos propagandísticos en la lucha teórico-ideológica y política con las clases oprimidas. Pero conforme se agotaba en siglo XIX esta primera fase sociológica mostraba todas sus deficiencias y limitaciones.

      3.- LA SEGUNDA FASE Y LA SEGUNDA CRISIS.

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